jueves, 28 de julio de 2011
Querer, desear o anhelar.
miércoles, 29 de junio de 2011
La pasión, la ira y el Arte
Pero fue Gertrude quien descubrió a Margot. Gertrude tenía los pechos y los muslos grandes y hermosos, la piel tostada y el pelo del color del caramelo derretido, entre naranja y marrón oscuro. Gertrude vestía chaquetas de buen corte, llevaba guantes y por encima anillos de perlas, oro, diamantes, esmeraldas, cosas que sólo podrían quedarle bien a una mujer que estrecha la mano a hombres importantes y les invita a champán. Gertrude llevaba carteras de cocodrilo y se recostaba en el sofá, bebía té, bebía café, bebía vodka de colores. Gertrude decía que odiaba mi cama y nos echábamos en el suelo, sobre la alfombra, para no clavarnos las astillas.
Entonces Gertrude descubrió a Margot. Era una nena preciosa, algo flaca Yanick, algo mustia Yanick, algo Lolita Yanick, pero tenía una sonrisa preciosa. Margot se escapaba del instituto todos los viernes a última hora y se colaba en la galería. Cogía dos autobuses hasta la vieja fábrica y se diseminaba entre los visitantes, tan flaca y tan pálida y tan rubia, y la gente la miraba y decía que nena preciosa, ¿quién será?, mientras ella contempla las obras de arte. Y me contemplaba, y aún Margot me contempla siempre, entre las calles, en las revistas, tras las ventanas. Mira que nena más preciosa te está mirando, Yanick. Y recuerdo que Gertrude llevaba un ónix engarzado en oro blanco sobre guantes beige y un vaporoso vestido rojo. Y Margot llevaba un vestido de vuelo tan pálido y tan mustio como su pelo. Gertrude bebía Ginebra y se paseaba entre las obras, y contemplaba los cuadros y acariciaba las esculturas, y sonría y derretía a artistas y a mercenarios, y todos la conocían y la adoraban, y era una mujer preciosa que señalaba con un dedo de ónix lo que valía y lo que debía condenarse a ser olvidado.
Y entonces mira que nena preciosa Yanick. Te está mirando Yanick. Y Margot se arremangó su bolsa de cuero y me observó entre los agujeros de un Verbeké. Era una nena preciosa, tan pálida y tan flaca. Tan musa. Tan niña. Me acerqué con un vaso de vodka rojo entre las manos. ¿Quieres?, le ofrecí, y ella lo tomó muy despacio, intentando parecer elegante, como todas aquellas mujeres, intentando aparentar que no era una nena preciosa que se escapaba del instituto y se paseaba entre gente que no conocía contemplando cosas de las que nada sabía. Nos quedamos mirando los agujeros del Verbeké, de hierro oxidado, que Gertrude condenaría a la miseria y entonces, el tal Verbeké, se fue con sus pinceles y su violonchelo a Europa y se rumorea que se ahorcó en el London Bridge, un péndulo sobre las aguas de la tarde. ¿Te gusta?, le pregunté, y noté que no sabía que responder, porque no sabía si era bueno o no lo era y no quería parecer una niña demasiado flaca y demasiado estúpida entre tanto gente elegante e inteligente.
En realidad, Margot no sabía, ni sabe, nada del Arte. Utilizaba la palabra bonito, constantemente, cuando los colores eran oscuros y los modelos eran sencillas personas; sino, horroroso, cuando no entendía los dibujos, se trataba de un fluorescente o un tiburón flotando en formol. Creo que sigue yendo a un instituto rejado y de ventanas sucias, de esos en los que te obligan a memorizar ríos y presidentes y abrir ranas. No sabía tanto como Gertrude, que había estudiado en Madrid y en Berlín y que, como la bella y mesías Gertrude, aquella Gertrude del París que fue una fiesta, decía que la capital francesa era su hogar. Margot creía que Manet y Monet eran la misma persona, que Duchamp había expuesto un retrete y era incapaz de distinguir una vanguardia de la otra. Pero era una nena preciosa, y pensé que sus dientes pequeños y sus piernas flacas y amoratadas quedarían preciosos con unos colores a lo fauve. Asíque le dije que me llamaba Yanick Steiner, y ella me dijo que le sonaba, y aunque yo sabía que mentía, pues mi nombre no aparecería por primera vez hasta tres meses y dos semanas después de aquel día en Halo!, me sentí complacido. Le invité a otro vodka rojo y continuamos admirando los Verbekés oxidados y los collages de basura y pintura dorada de una japonesa rubia, vestida de verde, que cabezeaba en un rincón de la sala. Gertrude, rodeada de la flor y nata, de galeristas, artistas varios, periodistas y fotógrafos, críticos, empresarios, sonreía con su vestido rojo, agitaba su melena oscura y bebía de la copa como a uno le enseñan en París. Nos miraba, a Margot y a mí, deslizarnos desgarbados y flacos, y minutos antes de que ella marchara en un Chrysler negro con un empresario turco, Margot y yo cogimos un taxi hacia mi estudio.
Margot debía estar en casa. Cada una de las tardes y de las noches en que estuvo conmigo. Después lo supe. Llamó desde una cabina y avisó a alguien al que llamó Mr Smith de que aquella noche no iría a dormir. Soltó las palabras como agua derramada, sin silencios, y colgó el teléfono y subimos. Mi escalera es fría y desconchada, pero retiene el encanto a través de los enormes ventanales que traslucen la ciudad. En la séptima planta, cansados, mi puerta chirriaba y entramos. Margot se balanceaba de un pie a otro. Se mordía los labios. Se colocaba todo el rato su bolsa de cuero. Se la cogí, y pesaba, y le quité la cazadora y lo dejé todo sobre el sofá. Sobre unos papeles de estraza para carboncillo, Margot cogió un tubo dorado y desenroscó un pintalabios rojo. Rouge couture lo había llamado Gertrude, dos noches atrás, cuando se pintó los labios desnuda sobre el sofa y yo pinté un carboncillo de origen cubano con acuarela roja inglesa sobre los labios. Margot lo olió, porque después me diría que adoraba el olor del carmín, que compraba decenas de barras para olerlas y guardarlas porque odiaba los labios pastosos. Pero aquella vez se pintó los labios. Eran dos curvas muy finas y torcidas, mal bordeadas, sobre unos trazos calavéricos y anchos. Le recogí el pelo con una mano, y era áspero, y le lamí el carmín de los labios. Eres una nena preciosa. Sabía muy diferente a Gertrude, más frío y más ácido. Nos tumbamos en la cama, nos clavamos los huesos y noté que lloriqueaba, y después nos embadurnamos con el rouge couture. Lo tiré a la calle desde el ventanal, mientras Margot dormía rosada y con los brazos estirados, y Gertrude nunca volvió a acordarse de él.
Apareció, sin señal previa, más de una semana y media después. Llamó a mi puerta, y pensé que era Margot, que vendría a por su gastadísimo libro de Bécquer que se había dejado la tarde anterior, pero era Gertrude, en tejanos, tacones negros y camisa de rayas. Traigo café, pasteles y aspirinas. Nos tumbamos en el sofá y tomamos un par de aspirinas cada uno con el café. Los pasteles supieron a limón. Gertrude miraba el piso, la ropa amontonada que de vez en cuando secuestraba y devolvía limpia y planchada, el montón de periódicos bajo la ventana, las bolsas de la compra sin desempaquetar y los lienzos en blanco y a medias y los blocs y los carboncillos, pinceles y paletas, todo repartido por la superficia diáfana y cuadrada. ¿Tienes algo para mi?. Aún no. Pues te quedarás fuera otra vez. No, en serio, acabaré algo. Te he buscado hasta musa, ¿qué demonios más quieres que haga? Le dije que había empezado algo, que sólo era un esbozo y una lista de tonos, pero que aún no podía enseñárselo. Terminamos los pasteles, me montó durante casi una hora sobre la alfombra, gemía muy alto, era cálida y angosta, sabrosa Gertrude,metió un montón de ropa en una bolsa y se marchó.
Gertrude se negó a volver a verme hasta que tuviese algo listo para ella. Se paseó por fiestas de sociedad embutida en guantes y vestidos de seda; descubrió a una escultora y destrozó a tres pintores; marchó siete días a Berlín a impartir una conferencia sobre comisariado en tiempos de crisis. A intervalos, siempre de noche, mientras Margot dormía arrebujada entre las sábanas a mi lado, Gertrude me mandaba mensajes al móvil apremiándome para finalizar su encargo. O lo tienes listo en 27 días o no te dejaré entrar. Margot, mi nena preciosa, me notaba más callado que de costumbre. Se tumbaba desnuda sobre la cama a leer libros gastados y me miraba pasear por el estudio, mirando los blocs y los lienzos a medio hacer.Me preguntó que qué me pasaba, y yo le dije que necesitaba acabar un cuadro muy bueno o nunca sería artista, y ella me dijo que yo ya era un artista, y yo fruncí los labios y pensé que qué sabía ella y le dije: uno de verdad. Entonces, Margot se dio la vuelta y se tumbó boca arriba, las piernas flacas y amoratadas apolladas contra la pared y se cubrió los pechos con su libro gastado. Píntame. Y pensé que era lo suficientemente preciosa. Descorrí las cortinas, un poco, lo suficiente para dejar entrar la luz anaranjada a través de las motas de polvo, purpurinosas. Mi nena preciosa. Coloqué un lienzo en blanco sobre un caballete, saqué la paleta y Margot supo estar muy, muy quieta.
Veinticinco tardes después, siempre pintando al atardecer, cuando la luz que caía era anaranjada y se volvía dorada dentro del estudio, cuando Margot estaba cansada y se adormilaba con las piernas en alto y el libro gastado, Hojas de hierba, subiendo y bajando, el cuadro estaba terminado. Gertrude apareció dos días más tarde. Llevaba un vestido negro abotanado que se le cosía a cada esquina de su piel. Cuando apareció, los labios rouge couture de nuevo, botella de champán en mano, Margot aún estaba en el estudio. Gertrude contemplaba el cuadro y Margot la observaba desde la puerta del baño. No está mal. Acercó el cuadro a la luz de los ventanales. No está nada mal. Margot salió del baño, tropezando flacamente envuelta en mi sábana. Es una obra maestra dijo. Gertrude, que no se había dado cuenta de que Margot estaba allí, que no la había visto desde el primer día en la galería, la miró de arriba a abajo, me miró a mi, luego al cuadro y después a ella de nuevo. ¿Eres tú nena? Sí. Y volvió a mirarme a mí. Tenía esa sonrisa que había ahorcado a un diablo de un puente. Dejó el cuadro sobre el caballete y abrió el champán. La espuma mojó el suelo y un bloc. Fui al armario a por dos copas. No es una obra maestra nena. Le serví el champán en la copa. Sí lo es. No, nena, no lo es. Y se bebió el champán de un trago. Yo me bebí el mio y volví a rellenar las copas. A Margot se le había escurrido la sábana, sujeta en un puño. Asomaban sus rodillas huesudas y despellejadas y el pequeño pecho izquierdo. Es una obra maestra, ¿verdad Yanick?. Cállate nena. Y Gertrude y yo seguimos bebiendo champán.
Unos dos meses después, el día 22 de Abril, apareció un artículo sobre mí en la revista de Arte neoyorkina Halo!. A sólo una cara, con mi opera prima, Musa en poniente, como fondo, dos columnas de letras blancas decían que era de origen alemán, de madre bailarina suiza, que había estudiado Bellas Artes en Berlín y en Nueva York y que la mecenas Gertrude Calderón había sido mi descubridora. A la izquierda, una foto mia con jersey de cuello vuelto blanco apoyado contra el ventanal de mi estudio; a la derecha, una foto de Gertrude y yo en una exposición, ella vestida de seda verde esmeralda, guantes negros y lapislázuli, yo en traje gris. Gertrude celebró una fiesta en mi honor en mi piso. Invitó a artistas incipientes, escritores, algún periodista camuflado y un par de colegas de los años de universidad. Servimos vodka de colores, quesos y olivas negras y pusimos música chill out a un volúmen muy alto. Nueva York estaba de noche, y olía a hierba fresca y a sudor joven. Gertrude, trajeada de blanco, aceitosa y brillantemente morena, con joyas de oro blanco, bebía vodka azul y reía y hablaba y todos la rodeaban y la adoraban. A las tres de la madrugada sonó el timbre. Abrí y era Margot, en chubasquero verde, con las piernas flacas dentro de unas wellington sucias de barro y el pelo pegado a la cara. Los labios rojos mal pintados escondían la mancha color carne oscura debajo del ojo izquierdo. ¿Puedo entrar? Le dije que no, que era mi nena preciosa y le acaricié la cara, pero que era una fiesta privada. Se agarró a mi cintura y me empujó hacia dentro del piso. Yo empujé hacia el lado contrario, tirando de sus huesudos dedos que me anudaban por la cintura. Un hombre de barba pelirroja y corbata malva, una víbora camuflada del Times, nos observaba desde el sofá. Margot empezó a lloriquear y me dio un puñetazo en el pecho. ¡Bastardo! ¡Puto!. La música subió de volúmen y oí lo tacones de Gertrude acercarse a nosotros. Agarró a Margot del pelo y le soltó una bofetada. Tranquilízate nena le dijo, y le metió un billete en un bolsillo del chubasquero. Después volvió a entrar y cerró la puerta.
Una noche, cuando llegué a casa después de la inauguración de una galería a la que había asistido como acompañante de Gertrude, en traje italiano de ante marrón y brazaletes de oro, encontré a Margot sentada en mi cama. Le pregunté cómo había entrado y ella me dijo que me había dejado la puerta abierta. Aunque sabía que no era cierto, me quité la chaqueta del traje, los botines y me senté a su lado. ¿Por qué ya no me quieres? Sabes que eres mi nena preciosa. ¿Pero por qué no me quieres? Pensé en decirle que si que la quería, en las ganas que tenía de que se callara, tumbarla sobre la colcha vieja y clavarme una y otra vez los huesos de sus caderas, lo preciosa que estaba callada, pero sólo soy capaz de mentir cuando pinto. Le dije si quería que la pintara, y sus labios se estiraron y se agrietaron. Píntame. Se quitó su vestido de vuelo y se sentó en el alfeizar de la ventana. La luna, manchada, dividía su rostro por la mitad: una era oscura, un agujero centelleamente azul abierto al abismo de las calles; la otra, era pálida y seca, algún surco plateado, la sombra aún del color de la carne oscura. Su cuerpo, un amasijo de huesos curvados, era del color del asfalto. La mandé a casa, sin un poco de vodka, sin clavarme sus caderas, y trabajé durante nueve días y nueve noches hasta acabar el cuadro. Llamé a Gertrude paara que se pasara por el piso. Vino cuatro noches después, en las que yo la había esperado. La primera, Margot llamó a la puerta, no abrí, y oí como hacia girar la cerradura y entraba en casa. Escondido en el baño, la vi abrir la cama, descorrer las cortinas, se asomó a la cocina y abrió y cerró las ventanas; después, descubrió la tela que tapaba el cuadro, se quedó contemplandolo y se echó a llorar. La segunda noche, había cambiado la cerradura, y cuando intentó abrir la puerta, sin llamar primero, golpeó la puerta, que tembló, y soltó un gruñido que demasiado tarde me daría cuenta había sonado muy ronco. La tercera noche el intento se repitió, de nuevo el gruñido. Descolgué una llamada de Margot, que era puro llanto chirriante,y le dije que pasaba unos días fuera de la ciudad. Un par de horas más tarde, descolgué otra llamada del teléfono de Margot, pero nadie habló, tan sólo el silencio, una respiración y el eco de mis palabras. La cuarta noche vino Gertrude. Y también, una inmensidad después, Margot. Gertrude estaba cansada, había pasado largos días en la vieja Europa, había recorrido París, Berlín y Londres y dormido en Basilea, en las casas de colores sobre el río. La camisa transparente se le pegaba al cuerpo, el asfixiante calor de Nueva York, y me dijo que estaba jodida, estoy jodida Yanick, porque el mercado del arte estaba echando el ancla en Hong Kong y tenía que aprender chino, con lo que me costó el alemán pequeño. Se abrió la camisa y se tumbó en el sofá. ¿Me sirves un vodka Yanick? Le mezclé en una copa grande vodka blanco y lima, le piqué hielo, como a ella le gustaba, y se lo serví sobre unos carboncillos de la 5ª Avenida con una tableta de Ibuprofenos. ¿Por qué me has llamado? Cuido de más polluelos aparte de ti, ¿sabes? Lo sé. Exactamente, por aquellos días, Gertrude cuidaba de cuatro polluelos: yo mismo, el único chico, el neovanguardista europeo pecoso y flamantemente rubio al que desfilaba por los actos de sociedad; una tal Natasha, una Pollock de colores fosforescentes y purpurinosos de la estepa profunda; una loca, nunca supe como se llamaba, Lullabile la decían, escuálida y cambiante, intermitente en el psiquiátrico, que esculpía mariposas tanto en mármol como con basuras; y por último Sara, la italiana, comunista tostada, gritona, y heredera del povera. Yo sabía que no era, ni de lejos, el más preciado de sus polluelos, pero si el único al que le gustaban las fiestas de sociedad y con el que podía acostarse. A ver, me dijo, y yo le enseñé el cuadro de Margot a la sombra de la luna. Demasiado plateado. Puedo oscurecerlo. No. Recuerdo como Gertrude se tomaba su tiempo para examinar los cuadros. En la diestra, siempre alcohol incoloro, y en la zurda la obra en alto; paseaba por la estancia, cualquiera que fuese, buscando la luz adecuada para derramarla por la pintura y la nitidez de la claridad exhenta de polvo y reflejos confusos. Taconeaba, sus joyas tintineaban, y era tan hermosa e inalcanzable como las musas desnudas de los cuadros. Lo acercaba y lo alejaba. Olía los colores, paladeaba las formas, acariciaba los grumos de la pintura, todo como el flota sobre el mundo sin rozar apenas la superficie, sin dañarla o modificarla. Me gusta. Me gusta. Apenas nunca decía es bueno o va a gustar. Me gusta, y eso era criterio más que suficiente. Al menos yo, en los años en que la conocí, nunca supe de un me gusta que no significase ascensión para el afortunado. Me gusta. Y tocaron el timbre. En ningún momento pensé que fuese Margot, a pesar de que era la opción más probable. Pero no lo era. Abrí la puerta, y era hombre grande y encorvado, la nariz roja y la camisa sudada, maloliente, y se me antojó imposible, porque no pertenecía a nuestro mundo. Retrocedí automáticamente los pasos que él adelantó y me giré a mirar a Gertrude, como preguntándola, quién es éste, como si ella pudiese saberlo. Aún en la zurda, sujetaba el cuadro torcido. Desnudo. Mirándonos. ¿Dónde está? preguntó aquel hombre, y recordé un gruñido demasiado ronco. ¿Quién? Mi niña, hijo puta, ¿dónde está mi niña? No sé de que niña me habla. El hombre me agarró del cuello de la camiseta. Olía a contenedor. ¡¿Dónde está?! Me zarandeó y caí al suelo. Con el cuadro tras la espalda, Gertrude empujó al hombre contra la puerta. Haga el favor de marcharse. ¡Mi niña!. ¡Haga usted el favor de marcharse! Y entonces sacó el revolver, y yo seguía en el suelo, y sentí el quemazón de aquel agujero abismal que haría brotar la sangre salada cuando, recuerdo, lo único que pensé fue en los cientos de miles de dólares que valdría el cuadro que Gertrude aún sostenía en la mano. Pero entonces, en el breve espacio que separaba la bala de mi cabeza, estaba el torso desnudo de Margot, bañado en plata y oscuro, en la sombra, en aquellas zonas donde la sangre arrancada de las venas magulladas teñía su carne, flaca y pálida, de un amoratado centelleante. ¡Hijoputa! Y cerré los ojos hasta que la oscuridad se volvió gris, y oí el disparo, sentí la quemazón, olí la sangre brotar pero, a oscuras, no encontraba el dolor. Oí unos pasos alejarse, la puerta golpear con fuerza contra el marco y volverse a abrir. Abrí los ojos y Gertrude estaba muerta. Retorcida en el suelo, la camisa transparente encharcada, y sobre su pecho, el cuadro de Margot, plateado, azuloscurocasinegro y escarlata, un agujero abierto a la altura de la luna. De nuevo, oí unos pasos acercarse, más silenciosos, más rápidos, y Margot, mi nena preciosa, tan flaca, el pelo lacio, temblando sobre sus piernas magulladas, tan preciossa, se asomó agarrada al pomo de la puerta. Vio la sangre, oscura, por todas partes, en mi cara, en mis manos, en las paredes, enter las rendijas de la madera, coagulándose entre el vodka, en los carboncillos inacabados, sobre su reflejo desnudo, sobre una sedosa melena morena. Movió los labios despellejados, en un susurro incomprensible, y huyó escaleras abajo.
domingo, 8 de mayo de 2011
¿Arte o artista?

Nacido y muerto en Francia (1894-1961), Céline fue médico, escritor y un apasionado activista. Herido en la Primera Guerra Mundial, arrastraría zumbidos en los oídos y fuertes dolores de cabeza hasta el último de sus días. Vivió por toda Francia y también en Inglaterra y Alemania; contrajo la malaria en África; fue miembro de la Sociedad de Naciones especializado en temas de higiene. Una vida bastante completa, todo ello antes de la fatídica década de los 30. Durante la ocupación nazi, Céline se dedicaría a repartir panfletos antisemitas, megalómano y burlón con sus contempoáneos, sintiéndose a salvo bajo el régimen de Vichy. Tras la caída del régimen nazi, él exiliado en Dinamarca con su mujer Lucette desde hacía bastante tiempo, Francia pide la extradición y el autor francés, traidor, es detenido.
Años antes de su decadencia, en 1932, Céline publicó su obra más aclamada y recordada: Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit). Escribe el autor en una de sus páginas: «Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón». El protagonista de la novela, Ferdinand Bordamu (sospechosamente parecido al propio Céline) se enrola en el ejército francés durante la IWW en un impulso estúpido; asqueado de las trincheras, decide hacerse pasar por loco para librarse de sus servicios. Mientras tanto, conoce a los más variopintos personajes y viaja por la África colonial y una América que le tilda de esclavo. El lenguaje, grosero y vulgar, escandalizó a muchos intelectuales de la época. Sin embargo, junto a las obras de Marcel Proust, Viaje al fin de la noche está considerada como una de las mejores obras del siglo XX. Autores contemporáneos como Charles Bukowski o el beat W. S. Burroughs agraden el influjo de su estilo mordaz.
Por el 50º aniversario de su muerte, Francia tenía planeado rendirle tributo a una de las mentes más brillantes que ha alumbrado la nación de las luces. Pero a última hora, su nombre fue borrado de las listas de la Selección de Celebraciones Nacionales 2011. El ministro de Cultura, Mitterrand, explicó que, a pesar de su contribución a la historia de la Literatura, «el hecho de haber puesto su pluma a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo (...) no se inscribe en el principio de las celebraciones nacionales».
Céline no es el único artista cuya memoria ha sido rechazado por temas ideológicos; Robert Brasillach, defensor del bando nacional durante la Guerra Civil española, o Günter Grass (autos de El tambor de hojalata), que se enroló en las Waffen SS nazis durante su juventud, son dos de los proscritos de la memoria artística. Y aquí retomo la pregunta con la que habría esta triste historia: ¿qué es lo más importante, el arte o el artista, la obra o la persona? ¿Es más importante el sintimiento antisemita de Célina que su prodigiosa obra, o el alcoholismo de Truman Capote que su prosa, o la homosexualidad y la adicción a las drogas de Ginsberg a sus versos? Opinen ustedes. Una servidora tiene clara su respuesta.
domingo, 1 de mayo de 2011
Y yo me quedo aquí, mientras los demás se van.
Y ellos correrán por arenas calientes,
y oirán trinar al pájaro de la tarde,
y rozarán sus manos, otros,
amados, cálidos, hermosos y suaves,
y pisaran el mundo y sus pies sangrarán del camino.
Y yo seguiré aquí perdida, en un espacio tan pequeño
en el que las ambiciones se asfixian, se ahogan,
y mueren y lloran y gimen y me piden auxilio.
Pero no saben cómo salir.
miércoles, 27 de abril de 2011
ELLOS
Una úncia generación desde el mes de la revolución en ingeniería genética. Y se juntaron, en torno a los quince y a los diecisite años, por todo el mundo del hemisferio para arriba, ellos y ellos. Igual que nadie les había nombrado Alfas ni les había nombrado Betas, tampoco nadie separó los edificios, ni los colegios, ni los parques ni los cines. Pero allí estaban ellos.
Los abogados, los médicos, los ingenieros, los empresarios, los políticos, los altos funcionarios, los futbolistas, los cantantes, los directores, los catedráticos, los galeristas, todos decidieron procrear y extenderse después del mes de la revolución en ingeniería genética. Y se mudaron a amplios pisos reformados, la madera ya no crujía, las ventanas de doble hoja, electrodomésticos nuevos, balcones barnizados, en el centro de las ciudades, con vistas a los parques verdes y a los monumentos; y también a las afueras de las grandes ciudades, en los cinturones verdes que se entretejían entre las carreteras y el campo, en enormes casas de plantas y plantas con jardines y piscinas y terrazas y buhardillas y chimeneas. Una generación de hijos úncos todos uniformados con jerseys y faldas plisadas y zapatos de marinero. Y los apuntaron a colegios bilingües, o al otro lado de la frontera, de aluminio y contrachapado o antiguos castillos que olían a alfombras y a musgo, y sus profesores eran los mayores expertos y aprendían liderazgo, utilizaban probetas y practicaban ajedrez y esgrima. Muchos niños y menos niñas con el pelo rubio ceniza o negro, cejas finas o delineadamente pobladas, labios gruesos, pecas saltarinas en narices pequeñas y rectas, nada judío y nada griego, pieles claras y cuerpos esbeltos de brazos fuertes y pechos correctos entre el metro y setenta y el metro y noventa.
domingo, 17 de abril de 2011
VII
y no te lo daré.
Esta tierra infinita
no puede contener mis pasos.
Por esta habitación tan pequeña
se escapan mis deseos.
Pídeme lo que quieras,
pero será mío para siempre.
VI
Me pregunto si cuando se paran los relojes
se vuelven dulces los cafés.
Se echa un abrigo rojo sobre los hombros
y las calles son de adoquines
y las farolas están mojadas
y las flores son jóvenes
y la gente es gris.
Las agujas se detienen en la torre,
y ella nota en el repiquetear ausente
a aquellos que deambularon
(por todos los caminos).
domingo, 6 de febrero de 2011
Amargo
Quizás habría de preocuparme menos de a dónde va la gente, como lucen mis espejos,lo mal que saben los besos vacíos...
Quizás debería dejar de una vez por todas que las cosas me hiciesen añicos el corazón.
Como ahora.
Quizás...
Quizás ahora...
V
Que grande es el universo,
que pequeña soy yo.
Salvo mi abrazo y mis ganas,
todo es abarcable
jueves, 27 de enero de 2011
IV
y contigo las comparto.
Bajo el cielo enredado,
bajo las hojas mustias,
bajo la tierra húmeda,
en ellas seguiré, siempre,
despierta.
III
de decir cómo he de vivir.
Ningún hombre.
Ninguna ley.
Ningún Dios.
Menos Él,
que nunca supo lo que es vivir.
lunes, 24 de enero de 2011
Desnuda
el sol tras la ventana,
el reflejo en el espejo
de un cuerpo desnudo y enredado,
entre sábanas transparentes
de luz y cabellos tibios.
Me tumbé en su cama y dejé que me contemplara
mis piernas curvadas,
el musgo dorado de mi vientre
bajo las cortinas que se agitaban
por el viento que se colaba, desnudo,
por la ventana.
Me tumbé en su cama y dejé que me contemplara.
NOSOTROS
No hemos vivido ninguna gran depresión que nos llevase a atrvesar desnudos el océano, a cambiar los libros por zurzir zapatos y recoger carbón, a saborear soñadas sopas y mendrugos de pan.
No hemos vivido ninguna gran opresión que nos hiciese matar o ser matados, encerrar o entre hierros y nieve ser encerrados, silenciar o tras cristales empañados ser silenciados.
No hemos vivido ninguna gran revolución que nos hiciese correr las calles, arriba la gente, arriba la libertad, arriba el amor, larga vida a los jóvenes y hermosos y asilvestrados aburguesados, los que hacen el amor y sueñan la playa bajo el asfalto.
No hemos vivido. No vivimos. No habremos de vivir.
Somos hijos de la ausencia. De las palabras mudas. De las calles grises. De los asientos cómodos. De las respuestas correctas. De los sistemas eficientes. De la fobia al cambio. De la calma hipócrita.
Somos hijos de un tiempo que ya no es tiempo, pues las horas y los días Historia son, y la Historia acabó cuando el primer hombre decidió no sufrir.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Gala, Galarina
Gala,
Galarina,
porque entiendes mis colores
y porque acaricias mis palabras.
Te lo cuento a ti,
Gala,
Galarina,
porque ríes cuando río
y porque ríes cuando lloro.
Te lo cuento a ti,
Gala,
Galarina,
porque me abandonas en la luz
y porque me recoges en la oscuridad.
Te lo cuento a ti,
Gala,
Galarina,
porque agarras el mundo
y porque lloras por los que lo acarician.
Te lo cuento a ti,
Gala,
Galarina,
porque te hicieron de cristal
y porque de piedra no pueden romperte.
Te lo cuento a ti,
Gala,
Galarina,
por prodigio de mi mente
y por amor a cada día.
La duda del heraldo. Columna de opinión para la OMC
LA DUDA DEL HERALDO
“Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas” dijo Shakespeare en su día, y la verdad es que no andaba tan desencaminado. Hubo, de hecho, un tiempo no muy lejano en que en algunas culturas como la israelí se mataba al mensajero que traía malas noticias; al bueno, sin embargo, se le cubría de premios y agasajos. Algo no muy distinto pasa hoy en día, en un ámbito tan irascible –punzante lo llamaría yo- como es el de la Medicina. Se encuentra el médico más sólo que nunca, abatido, con esa sensación que no se sabe bien si es de fracaso, de rabia o de simple pena, ante un parte que otorga lo temido y peor. “Dígame doctor, ¿cuánto me queda?”. Maldita sea se dice él, y se acuerda del pobre mensajero muerto de miedo, con las malas noticias estranguladas en la garganta, y sin las sandalias aladas de Hermes para echar a volar. A ver cómo le digo yo… Fácil. Pues no se lo diga, doctor resuelve rápidamente el hijo o hija o cuñado o esposa o cualquiera que aguarde en la sala de espera. Y es entonces cuando al heraldo se le presenta la gran duda, tan simple y angustiosa que da para deshojar un edén de margaritas: ¿se lo digo? ¿no se lo digo?... Ante la indecisión, los doctores Marcos Gómez Sancho y Javier Rocafort, expertos ambos en cuidados paliativos y miembros de la Organización Médica Colegial, han sabido dar una suerte de pautas que alivianen la difícil tarea del médico. Ante todo, como dicta la ética médica, el enfermo tiene el derecho de, en caso de no querer recibir la noticia sólo el sabe por qué, no recibirla. Y si bien quiere saberla, el médico heraldo, que además de cargar con el peso de la mala noticia carga sobre sus espaldas el lustre de todo el devenir que ha resultado en ese mal final, será lo suficientemente sagaz y delicado de escoger el momento y el lugar adecuado y de averiguar qué sabe su paciente y qué desea saber. Pero, sobre todo, sin miedo a la sentencia que acecha a los portadores de malas noticias, en un gesto tan simple pero tan humano, sostenerle y apretarle, bien fuerte, la mano.
sábado, 16 de octubre de 2010
Y anhelo y busco: Cecilia. V
"Y que pretendías" le diría Nacho una vez. "Nosotros no vamos a salvar a nadie." "Al mundo" diría Alberto. Pero en aquel momento eran dos desconocidos, alto y bajo, castaño y moreno, fortachón y menudo, perdidos en el laberinto de hormigón.
En la tercera planta, en la de la secretería escondida tras una fila de treinta y tantas personas, estaba su aula 313; ventanas a la parte de atrás y veinte filas en dos columnas de bancos desplegables. Ocupó un hueco en la columa del lado de las ventanas, ojos polvorientos que miraban a los árboles, caducos, en tercera fila, la cuarta empezando por la izquierda, y aquél sería su sitio para siempre.
Un día, tirada en la hierba, Nabokov abierto por la recogida de la bella púber del campamento, pensaría en lo curioso, caprichoso y estúpido del destino, el azar, la casualidad o como demonios lo quisieran llamar.
Nacho, el que la llevaría de fiesta en fiesta, el que le daría vodka y hierba, se sentó en su mismo asiento cinco filas más atrás.
Esther, a la que soltaría una bofetada, se sentó en tercera fila en la columna de los percheros.
Alberto, el que la salvaría y al que haría llorar, se sentó delante de ella, los rizos siempre despeinados y los hombros siempre caídos.
Magdalena, a la que debería el agradecimiento de una historia, se sentó en su misma fila, dejando un hueco entre ambas.
Gabriel, al que amaría hasta el sudor y el llanto, se sentó al borde del pasillo central una fila más atrás, en la columna de los percheros.
Pero aquel primer día, cuando la clase se llenó, cuando todo era gente demasiado tímida, demasiado charlatana, demasiado pedante, demasiado inculta, gente demasiado joven, hermosa y aún a su engaño inocente, nada parecía que fuese a llegar muy lejos.
sábado, 9 de octubre de 2010
Y anhelo y busco: Cecilia. IV
Pero entonces, 17 de Septiembre a las dos y veinte de la madrugada, era la misma maldita hoja en blanco que todos los meses anteriores.
Cerró la ventana, porque se colaba el otoño, y guardó el cuaderno de pastas negras, por dentro blanco, todo inmensamente blanco, en el primer cajón de la cómoda, debajo de su ropa interior. Sobre el escritoria aún estaba su bolso de cuero que no se había animado a vaciar. Pesaba, siempre, y olía a animal, a hojas viejas y a gloria. Porque, en los últimos dos años, había descubierto como olía la gloria, y ésta olía a papel viejo y a óleo.
Abrió la bolsa y empezó a colocarlos en las baldas que pendían sobre la cama. Por orden alfabético, alternando altos y bajos, viejos y nuevos, las cuatro artes intercaladas sin que a sus dueños les importara, como si todo juntos fueran a tomar café en el Paris que fué una fiesta. Quizás no aguantará, pensó en aquel momento, y efectivamente, un noche de sudor todo la gloria se vendría abajo. Pero aquel día colocó todos los que pudo y le quedaron cinco que tuvo que amontonar encima de la cómoda: El retrato de Dorian Gray, Cuentos completos de Oscar Wilde, Hojas de hierba, Trainspotting y Don Juan Tenorio.
Tal y como habla la gloria
jueves, 7 de octubre de 2010
Y anhelo y busco: Cecilia. III
Enfrente estaba el edificio de la tía Jose, y en el soportal, una tienda de comida preparada.
-Yo no cocino. Nunca. Sólo los fines de semana. Si no quieres cocinar, abajo hay una tienda de comida preparada. No pidas patatas ali oli, que a la Paca se le corta.
En la cola, Cecilia esperó detrás de una madre que llevaba a un niño del brazo. Era un chándal azul marino y verde con una ensignia de las Escuelas Pias. El niño llevaba una mochila de Oliver y Benji. Pataleaba. La mujer llevaba un moño deshecho y pidió un pollo asado y ensalada de cangrejo.
Esperó sobre un banco de madera. Habia veitnidos bandejas de aluminio con comida rebierta de plástico de cocina. Pidió un escalope y un cuarto de champiñones al ajillo.
Arriba, el comedor estaba oscuro y algo frío. Los chicos de Ramón Ramírez chillaban en la calle. Las madera de las puertas crujía, olía a colonia Nenuco. La tía Jose quería que comprara acelgas. Y se sintió sola.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Y anhelo y busco: Cecilia. II
La tía Jose siempre iba vestida, desde las seis y media de la mañana que se despertaba hasta las once que se acostaba. Una vez, a través de un cristal dorado y tibio, Cecilia la vió vistiendo una bata azul plomo. Les recibió con un traje marrón con coderas y una sonrisa insuficiente. «No estoy muy acostumbrada a las visitas, pero bueno, tendremos que acostumbrarnos todos, ¿verdad Cecilia?». Era una casa pequeña y fría en la Calle Armengot, cerca de la glorieta de Marqués de Vadillo, con suelo de madera vieja y láminas enmarcadas en todas las paredes. Los llevó a la habitación del fondo, la que hacía esquina con Pellejeros. Tenía una cama con edredón azul, un escritorio, una mesilla, una cómoda y un galán de madera oscura. Del techo colgaba una lámpara de cristal con forma de mariposa.
Fue sacando su ropa mientras su tía y sus padres hablaban en el salón. Guardó en la cómoda bragas y calcetines de algodón, sujetadores de aro, camisetas, rebecas y la sudadera que Julián le trajo de Oxford, tres pares de vaqueros, unos de pinza grises y una falda plisada azul marino. Debajo de la cama, metió un par de Converse All Star azul marino, unas botas de piel marrón, unas sandalias y unos salones negros. Sobre el galán, colgó una cazadora vaquera y un parka verde militar.
-Solo tendrá que aceptar unas normas. Yo no sé como la habéis criado pero aquí tengo unas normas. Sabeis que no estoy acostumbrada a las visitas. Y menos a las permanentes.
-No te angusties Jose, Cecilia es una niña muy fácil. Solo tienes que darle una llave y será como si no estuviera.
-También la tocará fregar.
Su madre salió hacia la cocina y Cecilia detrás. Apoyada en el marco, la vio abrir un enorme frigorífico blanco y guardar tupperwares de pisto, empanadillas, garbanzos...
-Pasarás algo de hambre.
Del techo colgaba un fluorescente verde. Una puerta de aluminio y cristal, tapada por una cortinilla amarillenta, daba a una pequeña terraza interior.
-¿Estás segura Ceci? Mira que... -Estaré bien mamá. De verdad.
Y anhelo y busco: Cecilia. I
A las once y media de la noche, cuando ya no aguantó más el calor, desencajó los postigos y abrió la ventana. El cristal sonaba a quebrado y la madera a podrida, pero fuera la noche era fresca y olía a rosales regados. Apagó la luz, se tumbó en la cama, de cara a la ventana, y se quedó mirando la luna. Era grande, como una inmensa y limpia farola. Pensó que no tenían sentido aquellos que la llamaban de plata; a ella le parecía un enorme, redondo y pulido trozo de cal, como los que se desprendían de las casas de su pueblo después de llover.
Entonces se acordó de su madre y de sus rulos azules, de su padre leyendo la prensa en el viejo sofá de piel verde, de su abuela en bata haciendo galletas, de su hermana Lucía saltando por la ventana para fumar con sus amigas en el barracón, de Marcos, de Macarena, de Sofía y de Julián bebiendo sangría en la cantina, de los pocos amigos que había hecho el primer año en la facultad de Filología... Le entró sueño. Y angustia. Apartó el edredón, se enrolló a la almohada e intentó dormir.